hombre invisible de la ciudad invisible
Estoy harto de estas calles,
estoy harto de esta ciudad
invisible,
con las mismas puertas,
con los mismos escalones,
con las misma nubes
que veía en mi juventud,
pintadas
en un mismo cielo.
Este cielo no se conmueve,
me llueven
los mismos sueños y las mismas pesadillas
que antaño
porque añoro un camino
que me lleve lejos.
Como una sirena que grita,
que canta algo
cerca del río
para que me eche a nadar
y seguirla
hasta el océano atlántico
y dejar atrás cualquier falso
poema,
que no cabe en mi piel desnuda,
no hay nada más verdadero
que el simple cuerpo
sin su abecedario
de la juventud.
He leído doce veces la biblia,
tengo en mi interior
los versos
de los salmos,
como una oración para ser inmortal,
sin embargo no apareces,
dama de la luna,
no veo tu rostro descubierto
de tierra oculta.
Sé que no tienes
que pasear delante de mi casa, ya sé que viviría sin ti
hasta el final de los tiempos,
hay una luz
que me guía,
eres tú,
te veo blanca, pálida,
a lo lejos de una antigua carretera
que me lleva a las oscuras montañas
de la tan despreciada ciudad mía,
que me es invisible.
Te conocí, dama
de cabellos blancos,
de cuerpo oscuro,
de ojos verdes,
me dijiste que debería dejar
lo invisible de esta ciudad,
que debería dejar las tabernas,
que estos callejones no eran para mí
y miraba con añoranza
las aguas del río,
su libertad,
lo oscuro de sus aguas
era mi protección,
me dejaste,
tu cuerpo se desvaneció,
tu cabello blanco,
tu rostro
desapareció,
como una fantasía.
Tuve que pelear
con lo duro de las mañanas,
tuve que escribir tus poemas,
como tu me dijiste,
entré a una cafetería,
con su reloj
sucio de tiempo
y pedí un té
y creí que te podría seguir,
dama de lo invisible.
Deje el té,
me levanté y saludé a la dueña
y me encaminé por un vericueto
de callejones
hacia casa
y mi cuerpo
fue desapareciendo
en el camino,
como si yo tampoco
no hubiera
existido,
hombre invisible de la ciudad
invisible.
